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Desde que el hombre comprendió y asumió su capacidad de transferir sus propias experiencias del hacer, inicio el largo camino de transmitirlas. Crea, sin proponérselo sistemáticamente, en sus comienzos, los primeros registros de información. Las pinturas rupestres, las tablillas, los papiros, etc., son los primeros soportes de información con los que contamos.

El papel, la imprenta, luego, sistematizan esa necesidad de permanecer y de transmitir. Aparecen así, las primeras Bibliotecas, como reservorios de las experiencias y de las ideas de los hombres.

La historia se encargo de profundizar la concepción de transmisión de experiencias. La necesidad de conservarlas para retransmitirlas cuantas veces fueran necesarias, mejorando así, los tiempos de evolución. En definitiva, para cimentar la propia Cultura de las comunidades donde estaban insertas.

Hoy, hablamos de Información, de Sociedad de Información, de las TIC s, de la Sociedad del Conocimiento, en realidad seguimos hablando de lo mismo, es decir de Conservar y Transmitir.

Las formas han cambiado, la tecnología nos impone nuevos caminos. Hemos renovado la manera de ver la conservación y la transmisión. Hablamos de digitalizar y de Internet como única forma de cumplir con el mandato ancestral de conservar, de evolucionar, de desarrollar, nuestra Cultura. La “Información es poder”, reza el dicho. Pero este apuro de informarse, de informar, ha complicado, y más de una vez, desvirtuado la concepción misma del reservorio cultural de la información. Se ha complejizado el núcleo mismo.

Las Bibliotecas, fueron y deberían seguir siendo, centros de promoción cultural, de conservación y transmisión, claro, que ha partir de un eje: La Lectura y el Libro (sin importar su formato). El eje debe ser inamovible, no las acciones. Eso es la Biblioteca.